Tan pronto como llega, aparto de mi el pensamiento de felicidad, pues no viene, a media noche bajo nubes de libido, sólo. Detrás suyo veo una tormenta de cadenas con vientos negros, y no es un aperitivo sexual satánico, es el precio a pagar. Quiero resistirme, apartar de mí ese pensamiento de felicidad, pero es tan embriagador que incluso a veces me planteo seriamente hacerle caso, pero no me perdonarán renegar del amor de Beatrice. Esta es mi mano quemada, no quiero otra cosa. Camino sobre el viento, y me disperso con él, soy su huésped con fecha de caducidad. Soy nada, y en mi empequeñecimiento me siento cautivamente libre.
Banas preocupaciones atormentan tu joven mente, mas tú lo sabes, cuán banas son. Maestros del autoengaño del todo a cien se divisan por doquier, pero tú, pequeño, aunque con todas tus fuerzas lo intentas no puedes. Tu innata lucidez no puedes cegarla, a lo sumo noquearla con perezosos narcóticos alucinantes o pervertirla, ensuciarla y humillarla. ¿Y bien?
martes, 12 de octubre de 2010
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