martes, 24 de julio de 2012
Hoy, como tantas otras veces, he pasado de puntillas y descalzo para no despertar al día. He mirado la vida de reojo, como si el simple hecho de prestarle atención fuera a desvelarla de su dulce sueño. No son las sábanas de seda, ni tan siquiera las cortinas de humo, lo suficientemente sutiles y suaves para abrigarla en las frescas y silenciosas noches de septiembre. Temo que cada palabra que delicadamente venga a mi cabeza no sea lo bastante discreta, prudente y sigilosa para continuar en este estado de sensatez especulativa. Supongo que esa será la naturaleza de las nubes (y la de los que suelen estar en ellas).
No es paz, tranquilidad o sosiego, sino la culminación de una curiosidad desinteresada, y esto que te invito a leer la secuela de una gentil reflexión:
Creer en lo irreal, confiar en lo impalbale, nacer de lo sublime; la muerte de lo insuperable. Consumarse en lo puro, inmolarse en lo divino, ¡excederse al reinventar los confines de este seráfico mundo!
domingo, 29 de abril de 2012
Si el orden natural de las cosas fuera el descenso, la decadencia, la degeneración, la nada, yo sería su Dante de pegatina en ese absurdo sin sentido. La mujer que no tengo la Beatriz sin fe de dicha comedia, y Virgilio sería el amigo desconocido a quien nadie conoció disfrazado de hombre cuerdo. Caminaría con la firmeza de los que han pisado fondo, hablaría con la inseguridad que da la experiencia, miraría con los ojos que embalsaman toda una eternidad con sus lágrimas al descubrir el aprendizaje del desapego, el eterno viaje a ninguna parte.
domingo, 8 de abril de 2012
Esta mañana me despertó la necesidad de vomitar mi alma. Me dijo que hoy le dolía estar en mi cuerpo, le dolían mis pensamientos. Me la miré con incredulidad, con esa incredulidad que produce ver germinar una semilla, esa explicación materializada del cosmos; la magia de la vida disfrazada de mí. Me invadió una extraña incomprensión lúcida; no entendía nada, ni las palabras ni a la voz que siempre habla en mi cabeza, pero sentía el compás, el ritmo, la respiración del universo, y cuando respiras con esos pulmones, con la perspectiva que te da la eternidad, la respuesta resuena por las esquinas de las desiertas avenidas del espacio: ¡vida! Y eso somos, perfecta ironía sinfónica que no necesita más que las pentatónicas, como el mejor blues de B.B. King. Mas existen los que han sido engendrados en el arpegio del no-tiempo, acordes del por y para siempre. Esos héroes blandirán sus espadas forjadas en el salvaje fuego del deseo y llevarán el entusiasmo que le sobró a Hölderlin en una antorcha: para encender algunos cielos, para incendiar algunos universos, ¡con la llama de la vida! Esa es la antorcha aria.
martes, 3 de abril de 2012
Él fue el hijo del entusiasmo, enérgica manifestación de la naturaleza. Sus ojos eran color universo infinito y su ADN su mejor soneto no escrito. Escuchó en la noche glacial el rugir de los huracanes, encontró las perlas fundidas en el vino, fue la mezcla perfecta entre idealismo regeneracionista y el pesimismo más absoluto. El ocaso contemplaba en sus ojos el horizonte arder, el amanecer llegaba siempre tarde a sus citas; "su genio era demasiado ufano para quedarse solo, y el mundo era demasiado pobre para poderlo abrazar." Las misteriosas notas de esa inteligencia superior llamada flor que jamás serán escritas: los hijos de Hiperión.
viernes, 30 de marzo de 2012
El secreto que se esconde detrás de las risas me conduce a estas escaleras de humo por las que asciendo. El sonido sin voz ni decibelios reverbera lo no dicho, lo que pienso: no encuentro a la mujer que quiero. El reciente cambio de escribir sonetos a prosa me certifica lo que siento, que nunca nací para cuadrar estrofas. Quizás nunca quise aprender la lección del compromiso para con los demás, me quedé en la del compromiso con uno mismo, ¡qué me importa el qué dirán! Yo no presento el Ateneo, yo presento el Partenón de mi abismo con estaciones, inauguro parajes incendiados: mis dominios. No se me enfade usted J. Vinyoli por citar algo de sus libros.
lunes, 26 de marzo de 2012
Me he vuelto a disfrazar del chico cuerdo que nunca fui, la única manera en que soy coherente conmigo mismo. Me había olvidado de mí. Una vez más he sido absorvido completamente por el adherente mundo de la densidad, de las ideas materializadas. ¿Cuándo pequé? ¿Cuándo cedí mi poder a otros? ¿Cuándo decidí no ser el creador de mi realidad material? Este es el famoso plato de lentejas. Yo me vendí por un cigarrillo pensando que me compraban por un beso, asalté a la duda cartesiana confundiéndola con una mujer. También es cierto que soy miópe, pero miópe por aburrimiento; me cansa ver siempre, a lo lejos, las mismas siluetas cansadas de mí mismo. Lo cierto es que, miópes o no, no se nos enseña a conocer nuestro poder, nuestra naturaleza divina, a ejercer como cocreadores de Dios. Ya no se enseña el lenguaje universal de las cosas, se enseñan esperantos morales.
lunes, 20 de febrero de 2012
XVII
Aprender cien vidas en una sóla,
llorar de alegría mientras se duerme,
entusiasmarse mientras nos asola
el mañana con su futuro inerme.
Escribir versos a punta de pala,
no pretender ganar nada al destino.
Fumarse un porro mientras Dalí y Gala
pasean por las playas de Al Pacino.
Por mis noches cruzan las soledades,
los excesos, las emociones banales,
los Descartes sin cartabón ni escuadra.
¿Será de Pessoa esta grata alegría?
¿Será nietzscheana, mi simpatía?
Tal vez sea Dios el que se desmadra.
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