martes, 24 de julio de 2012
Hoy, como tantas otras veces, he pasado de puntillas y descalzo para no despertar al día. He mirado la vida de reojo, como si el simple hecho de prestarle atención fuera a desvelarla de su dulce sueño. No son las sábanas de seda, ni tan siquiera las cortinas de humo, lo suficientemente sutiles y suaves para abrigarla en las frescas y silenciosas noches de septiembre. Temo que cada palabra que delicadamente venga a mi cabeza no sea lo bastante discreta, prudente y sigilosa para continuar en este estado de sensatez especulativa. Supongo que esa será la naturaleza de las nubes (y la de los que suelen estar en ellas).
No es paz, tranquilidad o sosiego, sino la culminación de una curiosidad desinteresada, y esto que te invito a leer la secuela de una gentil reflexión:
Creer en lo irreal, confiar en lo impalbale, nacer de lo sublime; la muerte de lo insuperable. Consumarse en lo puro, inmolarse en lo divino, ¡excederse al reinventar los confines de este seráfico mundo!
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