Hoy, como cada día de esta semana, he seguido mi plan de estudio previsto. La tarde ha pasado tranquila y sin excesivas incidencias (únicamente casi me abro la cabeza al estirar de la cortina porque me molestaba el sol). Allá las siete, esa hora en que los rincones de los parques se empieza a llenar de adolescentes, con sus perros y porros, y aquí en mi pueblo no, intentaba refutar la teoría del finitismo de Ruseell y su célebre "El tiempo tuvo un inico", y justo en ese momento de éxtasis mental, cuando crees hallarte a dos pasos de esa respuesta tan buscada escucho hablar (gritar) a mis padres acerca de, lo que más tarde pude comprobar, una peluquería del barrio de cuando ellos también tenían sueños.
Las dos próximas horas tampoco ocurrió nada fuera de lo común, el típico ir y venir de una tarde de agosto. Un amigo me dijo que mañana habíamos quedado, lo que me pareció perfecto debido a que padezco de lapsus mentales a corto plazo, y justo mientras íbase acercando el crepúsculo del día junto con el de la conversación empezó una electrizante tormenta acompañada de algún desvarío.
Aquí no hay nada increible, sólo lo de siempre. Mientras pensamos que estamos rompiendo con esa monótona rutina volviendo a las 6 de la mañana a casa borracho, oliendo a lujuria y pensando en nuestros vicios, queremos creer que no fue un error que naciéramos. Pensamos que quizás, esa manera de autoafirmación es haciendo lo que a uno le gusta, siendo fiel a nuestros propios sentimientos, cosa que es más difícil de lo que parece.
La difícil tarea que nos hemos asignado en esta guerra espiritual que sufrimos es la de aprender a escojer nuevas opciones, aprender a soñar a mejor mientras vemos cuán demacrada está la realidad, este "drama humano". Parece ser que la síntesis entre inhumanidad y superhombre plasmado en la célebre reflexión nietzscheana: "nosotros, los débiles somos desde luego débiles conviene que no hagamos nada, par alo cual no somos lo bastante fuertes", no queda demasiado alejada de lo que parece ser nuestro rol militar.
Yo digo: ¡A la mierda su moral y su filosofía del subconsumo! ¡A la mierda esa euforia narcótica agradablemente alucinante que enmaraña nuestra mente!
Si por ellos fuera, hacía años que habrían conquistado la vejez...
Ahora escucharé música y pensaré, por lo pronto me queda decir: seduciré a esa joven, envenenaré a mi enemigo.
jueves, 12 de agosto de 2010
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