domingo, 8 de abril de 2012

Esta mañana me despertó la necesidad de vomitar mi alma. Me dijo que hoy le dolía estar en mi cuerpo, le dolían mis pensamientos. Me la miré con incredulidad, con esa incredulidad que produce ver germinar una semilla, esa explicación materializada del cosmos; la magia de la vida disfrazada de mí. Me invadió una extraña incomprensión lúcida; no entendía nada, ni las palabras ni a la voz que siempre habla en mi cabeza, pero sentía el compás, el ritmo, la respiración del universo, y cuando respiras con esos pulmones, con la perspectiva que te da la eternidad, la respuesta resuena por las esquinas de las desiertas avenidas del espacio: ¡vida! Y eso somos, perfecta ironía sinfónica que no necesita más que las pentatónicas, como el mejor blues de B.B. King. Mas existen los que han sido engendrados en el arpegio del no-tiempo, acordes del por y para siempre. Esos héroes blandirán sus espadas forjadas en el salvaje fuego del deseo y llevarán el entusiasmo que le sobró a Hölderlin en una antorcha: para encender algunos cielos, para incendiar algunos universos, ¡con la llama de la vida! Esa es la antorcha aria.

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