martes, 3 de abril de 2012
Él fue el hijo del entusiasmo, enérgica manifestación de la naturaleza. Sus ojos eran color universo infinito y su ADN su mejor soneto no escrito. Escuchó en la noche glacial el rugir de los huracanes, encontró las perlas fundidas en el vino, fue la mezcla perfecta entre idealismo regeneracionista y el pesimismo más absoluto. El ocaso contemplaba en sus ojos el horizonte arder, el amanecer llegaba siempre tarde a sus citas; "su genio era demasiado ufano para quedarse solo, y el mundo era demasiado pobre para poderlo abrazar." Las misteriosas notas de esa inteligencia superior llamada flor que jamás serán escritas: los hijos de Hiperión.
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